Fue un sistema bajo el que vivimos bastante felizmente durante cuarenta años. Douglas Hurd, secretario del Foreign Office británico, rindió este pequeño homenaje a la Guerra Fría en diciembre de 1989, apenas unos días después de que la caída del Muro de Berlín pusiera fin a aquella época. Llama la atención que este destacado miembro del gobierno conservador de Margaret Thatcher tardara tan poco en reivindicar el mundo bipolar surgido de la victoria sobre el fascismo en 1945. Tal vez sorprenda menos si recordamos la Guerra Fría como una forma relativamente previsible de gobernanza mundial, que contaba con unas reglas del juego más o menos claras, unas áreas de influencia definidas y dos bloques antagónicos poco dispuestos a poner en riesgo su propia existencia por satisfacer un primario impulso hegemónico. Ese elemento de autocontención basado en lo que entonces se llamó la «destrucción mutua asegurada» (también conocida por su acróstico en inglés: MAD) actuó como un poderoso factor de estabilidad, capaz de frenar los bajos instintos de las principales potencias y de reconducir la tensión internacional cuando amenazaba la paz mundial, como ocurrió con la crisis de los misiles en 1962. Supo verlo muy bien Raymond Aron ya en 1948 al titular uno de los capítulos de su libro El gran cisma: «Paz imposible, guerra improbable.
Que el conflicto Este/Oeste terminara sin una guerra a gran escala no quiere decir que no pudiera darse otro desenlace, pero lo cierto es que finalmente el instinto de conservación de las dos superpotencias prevaleció sobre su deseo de aniquilar al adversario. Esta es la razón por la que, como dice Odd Arne Westad al acabar esta historia de la Guerra Fría, «puedo escribir sobre estos acontecimientos desde la seguridad relativa de mi despacho de Harvard». En ese privilegiado observatorio del mundo del siglo XX, el historiador noruego concluyó una obra iniciada en la London School of Economics, de la que también fue profesor, dedicada a desentrañar un fenómeno sumamente complejo que sigue fascinándonos por múltiples razones. Entre ellas está, sin duda, el hecho de que un conflicto que parecía condenado a acabar en tablas, o simplemente a no tener un final, terminara en jaque mate a uno de los dos contendientes, la Unión Soviética y su red de Estados satélites, cuya posición en el tablero mundial era considerada, al menos hasta los años ochenta, tan firme o más que la del bloque rival. Para descifrar los grandes enigmas de la Guerra Fría, entre ellos el de su abrupto final, Westad adopta una amplia perspectiva histórica que lo lleva a remontarse hasta finales del siglo XIX, cuando se produjeron los cambios económicos y demográficos que, a su juicio, marcaron el declive de los imperios europeos, el ascenso de Rusia y Estados Unidos a la condición de grandes potencias y la configuración de un mundo bipolar gobernado en gran medida desde fuera de la vieja Europa.

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