El marbete de «escritores del exilio de 1939» tiene tanta legitimidad histórica y emocional como imprecisión taxonómica. Define una circunstancia, pero no acota nada en términos de historia literaria. Lo señaló con rara lucidez uno de los concernidos por ese marbete, Francisco Ayala, en un artículo titulado «La cuestionable literatura del exilio» (Los Cuadernos del Norte, 1981). Y, sin embargo, a varias generaciones de intelectuales españoles nos ha servido para reconocer una de las más dramáticas consecuencias de la Guerra Civil y para entender mejor lo que el franquismo tuvo de excluyente y vengativo. Para quienes, bien a su pesar, se vieron marcados por el signo de la extraterritorialidad física, la condición de desterrados se convirtió en tema de su obra y vivieron en diálogo apasionado e ingrato con aquella amputación de su presente y quizá de su futuro. Otros, los menos, intuyeron que el alejamiento era una oportunidad de rehacer su vida, a menudo en horizontes más ricos e incitantes que los que habían dejado atrás.
Nuestro Francisco Ayala había ejercido ya su don de la previsión al formular en 1949, en la revista Cuadernos Americanos, la pregunta clave: «¿Para quién escribimos nosotros?» Y calibró entonces, bajo una perspectiva lúcidamente crítica, el previsible agotamiento de los temas, el inevitable eclipse de la lejana España como destino potencial de sus trabajos, y lo más arduo: la exigencia del nuevo escenario como horizonte para quienes perseveraran en la escritura. Para él no hubo duda: la respuesta era aceptar el riesgo, estar a la fecha y buscar lo nuevo, ya fuera en Argentina, Brasil, Puerto Rico o Estados Unidos, en la escritura de ensayos literarios o políticos, novelas –americanas y universales– como lo son Muertes de perro y El fondo del vaso, o explorar un género que tiene su lado de intimidad y su vertiente de fantasía satírica, cuando abordó la compleja elaboración de El jardín de las delicias desde 1971.

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